Qué queda después de la pandemia

Qué queda después de la pandemia
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Es una interpelación de reciente aparición que demanda articular contradicciones y atravesar dimensiones de las más variadas a cualquier tomador o tomadora de decisiones -ya sean epistémicas, políticas o de cualquier índole-. Pide, fundamentalmente, administrar diversidades de, en y para la vida cotidiana. Pluralidades que pivotean entre tensiones históricamente construidas a partir de generalidades y dicotomías, y que invitan a desafiar la ley de la polaridad donde “todo es doble, todo tiene dos polos”. Porque el mundo actual pos COVID-19 reclama, como nunca antes, superar el tiempo de los “O”, para habitar el de los “y también”.

Más allá de lo semántico

La diferencia es mucho más que palabras. Radica en que, habitualmente, la conjunción “O” tiene valor exclusivo, disyuntivo. Mientras, el adverbio “también” es inclusivo, da cuenta, añade y visibiliza nueva información a otra ya conocida. Superar lo antagónico va así al encuentro de ese espacio donde se mueve lo diverso ya que, en la dualidad, solo se construye la otredad, la alteridad. Una dupla que opera interrelacionadamente, que se imbrica mutuamente y expresa complejidad.

Como adjetivo que señala un todo, cuando hablamos de generalidades, nos referimos a imprecisiones y vaguedades sin determinación. En tanto las dicotomías, son la distinción en dos aspectos, especialmente opuestos o muy diferenciados entre sí. Fragmentaciones no siempre complementarias que se definen por impedimento, por excepción.

Los dúos de palabras que trajo aparejado el COVID-19 involucran generalidades, pero, sobre todo, particiones excluyentes. Virtual-presencial; abrir-cerrar; tensión-relajación; economía-salud; sintomático-asintomático; cuarentena-anticuarentena; rico-pobre; verdad-mentira; centro-periferia; interior-exterior; exclusión-inclusión; joven-viejo; nosotros-ellos; objetivo-subjetivo; rural-urbano; nacional-internacional; desarrollo-subdesarrollo; individual-colectivo, son sólo algunas de las parejas conceptuales que se han resignificado en tiempos de coronavirus.

Sumado a los binomios anteriores, coexiste un largo etcétera que incluye los tradicionales blanco-negro; cielo-infierno; bien-mal; mente-cuerpo; práctico-teórico; alto-bajo; ángeles-demonios; arriba-abajo; básica-aplicada; campo-industria; cara-cruz; duras-blandas; civilización-barbarie; cuantitativo-cualitativo; cuerpo-alma; doxa-episteme; espacio-tiempo; feo-lindo; frío-calor; gasto-inversión; gordo-flaco; hombre-mujer; machismo-feminismo; norte-sur; paz-guerra; público-privado; todo-nada; política-apolítica; river-boca; suciedad-limpieza; valiente-cobarde; malo-bueno; lleno-vacío; sol-luna; si-no; homogéneo-heterogéneo; nosotros-ellos; yo-otros.

Conceptos que se resignifican

Innumerables referencias de prácticas socioculturales históricas de la humanidad, expresan y ponen en común posiciones que se objetan. Por ejemplo, y sólo por mencionar alguna, aunque triste y controversialmente asociada a la pandemia mundial, es el binomio vida-muerte. Así, alrededor del año 1603, se conoce la expresión del dramaturgo inglés William Shakespeare: “Ser o no ser, esa es la cuestión”. En la primera frase del soliloquio del personaje Hamlet –en su obra The Tragedy of Hamlet, Prince of Denmark-, se instaura una sentencia donde la vida y la muerte son opciones: existir o no existir.

No obstante Shakespeare, y bajo el contexto supranacional actual, vivir o morir no logran ser opciones. Podríamos pensar que son sólo una parte más del amplio abanico de formas disponible que operativizan la construcción de otredades, de alteridades y que, como falsos dilemas, emergen con virulencia en tiempos de coronavirus. Por lo tanto, si bien transitamos nuestro devenir en medios de polaridades, con frecuencia incluso, corremos riesgo de quedar atrapados entre alternativas extremas dentro de un espectro de posibilidades.

Cuando tomamos decisiones -de todo tipo-, al decir de teóricos como Kristeva, Bajtín o Wittgenstein, entre otros, el desafío parece ser cómo convertir el sí mismo en un otro para uno mismo. En este sentido, Edward Said subraya que la tarea que solemos enfrentar, es mostrar cómo todas las representaciones son construidas, con cuál propósito, por quién y con cuáles componentes. Ser críticos, ya que la representación de otredades se elabora a través de la articulación de imágenes de diferencia y de su acentuación.

Hoy, necesitamos poner en valor la diferencia para llenar de contenido la diversidad.

La comprensión de la formación de fronteras –boundaries– simbólicas y materiales entre el “sí mismo” y el/la/lo “otro/a” parece requerir, a su vez, la superación de fronteras interiorizadas y naturalizadas exclusivamente en lo binario. Una demanda que tiene larga data y conduce directo al corazón de la alteridad y la otredad, no concebidas como sinónimo de diferenciación sino más bien en alusión a un tipo particular de diferencia, relacionada con la experiencia de lo extraño y ajeno, a partir del encuentro con singularidades.

Del reconocimiento a la re existencia

La literatura también da muestras de convergencias. En otro tiempo y espacio diferente al de Shakespeare, en 1942 y como parte de su obra Persuasión de los días, el poeta argentino Oliverio Girondo publicó su poema Dicotomía incruenta. En cuatro estrofas, Girondo no separa, sino que reúne la vida y la muerte. Con Girondo, también podemos reconocer que llevamos siglos atravesados por lógicas dicotómicas que nos han permitido diferenciarnos y, además, agruparnos, reunirnos. Hoy, necesitamos poner en valor la diferencia para llenar de contenido la diversidad. Para que la dispparidad sea lo que nos una colaborativamente, y para agruparnos no exclusivamente de forma competitiva desde las singularidades.

Tal vez, una muestra de punto de inflexión -que en otro tiempo facilitó la re existencia que hoy se necesita-, la podemos encontrar en la historia dominante y legitimada. Por la misma época que Shakespeare, en 1610, el científico italiano Galileo Galilei publica su libro “Sidereus nuncius”. Allí, Galileo rompe con la teoría ptolemaica y, herejemente, adscribe a la tesis de Copérnico -para quien la Tierra no era el centro del universo-. Las observaciones de Galileo desafiaron la cosmovisión tradicional, y el teocentrismo dio paso al antropocentrismo. Quizá, el COVID-19 vino a mostrar que se necesita transitar al divercentrismo, donde la diferencia, lejos de separarnos, se coloque en el centro, nos agrupe, nos abrace. Es decir, nos obligue a pasar de las indeterminaciones, de los “O” a los “y también”. Porque las diversidades funcionan en múltiples dimensiones e interacciones. Ya no es una opción dicotómica, es un hecho irrenunciable.

Fuente: https://tn.com.ar/

(*) Luz Lardone es integrante del directorio del Conicet, doctora en Estudios de la Sociedad y la Cultura y Magister Scientiae en Comunicación, ambos por la Universidad de Costa Rica; y Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata.